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domingo, 18 de junio de 2017

Escarabajos tigres



The Tiger Beathle, el escarabajo tigre; bicho para la mayoría, cicindela para el friki o el estudiante de zoología. Brutal, y hasta hace un año no fui consciente de su existencia. Me encontré con uno en el embarcadero de Miraflores, cara a cara, de depredador a depredador, me sostuvo la mirada un buen rato y luego huyó a gran velocidad, cobarde.

El escarabajo tigre australiano (Cicindela hudsoni) tenía el récord de velocidad terrestre en relación a su tamaño, 2,5 m/s lo que le equivalía alcanzar una velocidad de 810 km/h pero se descubrió que un ácaro, el Paratarsotomus macropalpis, corría a una velocidad equivalente de 2092 km/h, no somos nadie.

No hay muchas especies de este escarabajo en el Estado Español, veintitrés, un número suficiente para llegar a indentificar a cada uno de ellos. Por ahora hemos encontrado dos especies en el tramo urbano del Guadalquivir, una de tamaño mediano Cephalota maura, de color negro y lunares blancos; y otro más pequeñito Myrionchile melancolica, marrón oscuro verdoso y manchas tenues.

Desde aquí invito a reconocer a estos insectos y dejaros de colecciones envasadas al vacío. La forma más fácil es fotografiándolos y una vez inmortalizados, fijarse en los detalle de su diseño y compararlos con imágenes de cincindelas correctamente identificados. Para este menester es buena l ayuda del blog dedicado a los escarabajos tigres peninsulares, cicindelica.blogspot.com. También nos podemos valer del insectarium virtual de otra magnífica página, biodiversidadvirtual.com. Para ir directamente a los cicindelas pinchamos aquí.


Os dejo unas cuantas imágenes. Dos de ellas tomadas en el Guadalquivir y otras en una de las pocas playas vírgenes que conserva el litoral gaditano, El Palmar de Conil.

Cephalota maurus, río Guadalquivir

Myriochila melancholica, río Guadalquivir


Cicindela litoralis. El Palmar de Conil

Cylindera trisignata, El Palmar de Conil


miércoles, 17 de mayo de 2017

Eucaliptos


No hay árbol bueno, no hay árbol malo. Las etiquetas de bondad o maldad tienen poco sentido fuera de los seres humanos. Tampoco tiene, ni debería tener, ningún matiz xenófobo la calificación de exótica o alóctona, ambas califican la procedencia de una especie por causas humanas. Así, recientemente asistimos al establecimiento en la Península Ibérica de varias especies  de origen africano como vencejo moro , el camachuelo trompetero, etc.; animales que han llegado por sus propios medios y se han establecido porque han encontrado condiciones favorables. De ningún modo estas especies pueden calificarse como exóticas o alóctonas. De igual modo, el piscardo, siendo un pez con poblaciones en España se califica como exótico porque su introducción en la cabecera del Guadalquivir responde a causas humanas.

Como regla general, las especies exóticas tienen poco que hacer respecto a las especies autóctonas porque las segundas llevan miles de años interactuando con el resto de seres vivos y el entorno, y la especie exótica no encuentra un "hueco" en el ecosistema para desarrollarse. Pero a veces ocurre que una especie exótica es capaz de establecerse e incluso proliferar más que las especies autóctonas y entonces a esa planta se le califica como especie exótica invasora.

Los eucaliptos es un género de plantas muy extendido en Oceanía, se contabilizan cerca de 700 especies en las que se incluyen tanto árboles como arbustos. Destacan por sus gigantescas dimensiones, incluso es posible que el récord de altura entre los árboles lo tenga un eucalipto (Eucalyptus regnans) que pudo medir 150 metros.

Los eucaliptos empezaron a cultivarse en todas las partes del mundo, especialmente en las zonas de climas cálidos y templados, porque dan buenos resultados en la obtención de madera y celulosa. El problema es que esos cultivos, en muchos casos, se realizan sin una adecuada planificación, sin valorar su impacto ambiental y social. A ello hay que añadir su difusión a otras áreas ajenas al eucaliptal. En concreto el eucalipto rojo (Eucaliptus camaldugensis) se propaga con facilidad en ríos, arroyos, ramblas y otras zonas húmedas de Andalucía. Esto origina impactos en la biocenosis autóctona. Las hojas contiene tóxicos que impiden el nacimiento de otras plantas, envenena pequeñas charcas o arroyos con poco caudal. Su potente sistema radicular y su alto consumo de agua propicia la desecación de zonas húmedas reduciendo el tamaño de los acuiferos, afectando de esta forma los manantiales y a los pocos arroyos de aguas permanentes de las zonas bajas del sur penínsular.

A los efectos ambientales arriba descritos hay que sumarles los de carácter social. Estos eucaliptos para hacer frente al estrés hídrico desprenden grandes ramas, la madera, muy densa, no flota por lo que tiende acumularse y a afectar a infraestructuras como puentes al dificultar la circulación de las aguas.

Las obras de encauzamiento del Guadalquivir a su paso por Córdoba realizadas en los inicios de este siglo tuvieron destacables aciertos pero en algunos casos cometieron errores como el de  dejar la plantación de eucaliptos que había en la orilla izquierda aguas abajo del puente de San Rafael. La idea era que ese eucaliptal fuera testimonio del uso que se les daba para la fabricación de papel, obviando que otras especies de ribera como el álamo blanco también se emplean para la fabricación de celulosa. El problema es que los eucaliptos no se quedan "quietos", una vez que alcanzan los ocho años de edad el eucalipto empiezan a difundir semillas, que pueden contarse por miles en los ejemplares más grandes, propagándose incluso a zonas bastante alejadas debido a su pequeño tamaño. Es por ello que considero un acierto la intervención en la isla de las Estatuas en la que se ha sustituido los eucaliptos por álamos. Creo que, además, es urgente la realización de estudios a nivel de cuenca de la propagación del eucalipto y su impacto social, económico y medioambiental, para actuar lo antes posible, empezando por las zonas más sensibles.

domingo, 9 de abril de 2017

En ocasiones veo pájaros




Aunque me costó coger el sueño antes que sonara el despertador ya estaba en planta.
Y si esta vez sí... Soñando despierto, imaginándola posando frente mí, sin barreras que se interpongan. Cerraba los ojos y la veía andurreando aquí o allá por la orilla del río. Podía ser una polluela, pensaba mientras miraba y remiraba la foto que eché a un rálido cuando apenas había luz.
¿La cola de una polluela?
Me dormí repasando la guía de aves, fijándome en las diferencias que hay entre las polluelas bastarda y chica, muy similares y a las que todavía no tenía el gusto de conocer. Base del pico rojo, proyección primaria larga, con pocas o sin barras blancas y la cola más larga. Sí, la cola más larga, pensaba mientras volvía a mirar la foto. El espejismo de una imagen borrosa y que a la pequeña crack (Little Crake) le gusta los eneales me predispusieron a encontrarme con la Zapornia parva.
Antes que amaneciera estaba oteando en mitad del puente de Miraflores, rastreando con el telescopio las bases de las eneas, una a una. Tardó un cuarto de hora en aparecer, el tiempo suficiente para cuestionarme si lo de anoche no fue una alucinación... Lo demás ya lo sabemos, mensajes de Whatsapp : "una bastarda en Miraflores" "Comorrrrr" "sí, una polluela", llamadas a los móviles y la observación compartida.
Si os apetece, echadle un ojo al vídeo, fijaros en su continuo picoteo, así lo pasó todo el día. Invernó en alguna zona húmeda del Sahel, cruzó el Mediterraneo y los vientos del levante la llevaron al interior de la Península. Atravesó nuestra ciudad y creyó que era el momento de realizar una parada para tomar fuerzas. Una noche levantará el vuelo y continuará el viaje buscando un buen lugar donde criar, quizás cerca, en uno de los pocos enclaves en que lo hace en Europa occidental o, tal vez, lo alargue hasta el centro o, incluso, al este de Europa, donde están las poblaciones más numerosas.

Polluela bastarda, foto José Márquez

Polluela Bastarda, foto Juan Manuel Sánchez
Viendo al bicho, foto Isabel Rodríguez

martes, 28 de febrero de 2017

Malvasía, algo personal




Increíble, tres malvasías, dos machos y una hembra nadan tranquilamente cerca de Molino de Martos. Increible que este pato, al que le gusta las lagunas con vegetación acuática y abundantes invertebrados, haya hecho una parada en el río Guadalquir, en mitad de la ciudad. Increíble el avistamiento pero más increible es que la malvasía cabeciblanca siga formando parte del patrimonio natural andaluz.

Muy poquitas, muy poquitas malvasías quedaban a finales de los setenta, 22 ejemplares. Recuerdo que mi hermano me pasó un artículo de periódico, quizás El País, que trataba de un pájaro que sólo había en Córdoba, en concreto en la laguna de Zoñar.

Un grupo de personas reaccionaron y crearon la Asociación Amigos de la Malvasía, a la que nos apuntamos gran parte de nuestra pandilla. Algunos de sus fundadores daban clases en institutos de la zona, Amparo León en el Blas Infante y José Luis Moya en el de Formación Profesional Fuensanta. Estos profesores junto a José Antonio Torres Esquivias, Rafael Arenas, José María Ayala, entre otros, realizaron mediante la Asociación una intensa labor en un momento donde la conservación de la fauna estaba en pañales. Recuerdo uno de los boletines de la Asociación en el que denunciaban la muerte de dos malvasías en una cacería de patos autorizada en Amarga. Esta presión ciudadana y una nueva mentalidad en las administracione salvaron a la malvasía de la extinción. Actualmente su población se estima en 2000 ejemplares, un número demasiado bajo para bajar la guardia.
La malvasía formaba parte de nuestras conversaciones, al igual que lo hacían otros temas más propios de nuestra edad y ambiente. Ni que decir tiene que nos moríamos de ganas por ver a la susodicha y algunos del grupo tuvieron la suerte de acompañar a responsables de la asociación en uno de los censos periódicos que realizaban en las lagunas del sur de Córdoba, bien que nos restregaron lo cerquita que la vieron con el telescopio. Pero como no hay mal que cien años dure una mañana de diciembre el padre de Alfonso nos montó en su coche y nos llevó de visita a las lagunas. Pasamos la vía del tren... y ante nuestros ojos cientos de patos, entre ellos las deseadas malvasías. Acabamos la jornada tomándonos un vinito... Todavía la conservación de la fauna estaba en pañales y un chaval de 15 años estaba autorizado para tomarse un mediecito al acabar la jornada.

Afortunadamente conservo los cuadernos de campo de todos los que ese día visitamos la laguna. Ahí los dejo.



José Luis Montoro

José Luis Montoro

Alfonso Arroyo


Alfonso Arroyo

Alfonso Arroyo
Alfonso Arroyo



Alfonso Arroyo
Alfonso Arroyo




Alfonso Arroyo


Alfonso Arrroyo

Alfonso Arroyo

Manolo Cazallo
Manolo Cazallo



Manolo Cazallo
Manolo Cazallo



Manolo Cazallo

Manolo Cazallo

Manolo Cazallo

Manolo Cazallo

Manolo Cazallo


Diego Peinazo
Diego Peinazo